En el actual paradigma global en el que se han abolido las distancias, los espacios están cada vez más uniforma

Cultura Crítica
(Publicado en El Queixal nº50, en catalán)
La división que se vivió en la última conmemoración del día del orgullo LGTB en Barcelona abre la puerta a una diferencia en los métodos de reivindicación que conviene analizar: la lucha por la normalización de las diferentes opciones sexuales vía movimientos sociales o vía mercantilización. En los últimos años, la normalización y expansión de las relaciones homosexuales ha sido una realidad, ha habido un avance más que notable que ha permitido una mejora sustancial de la vida de este colectivo históricamente tan marginado. Sin embargo, cabe apuntar que también ha sido víctima de otro proceso propio de la actual sociedad tardocapitalista, la fagotización de todo elemento alternativo para incorporarlo a su propio discurso, es decir, al consumo.
La mercantilización de la identidad sexual es un proceso que alcanza más allá de las opciones sexuales. Sentirse mujer es en el discurso hegemónico de hoy en día mitigar el desasosiego a base de objetos de consumo, salir de compras para reforzar una identidad que nunca se saciará, pues es imposible de fijar, ya que como señala Slavoj Žižek, “el objeto que funciona como causa del deseo debe ser por sí mismo una metonimia de la carencia”[1]. A la vez que amaga el malestar latente de una identidad nunca obtenida, demanda y potencia el perpetuum mobile del consumismo. De la misma manera, la normalización entre sexos se basa en la misma cosificación en que se fundamentó (y se fundamenta) la cultura falocrática. Los cuerpos masculinos son ahora convertidos en meros objetos, pasan a llenar los estantes del consumo, en donde el deseo sexual deviene acicate del anhelo que impulsa la publicidad. Son la pura reificación de la reducción de los cuerpos a objetos; si antes eran mujeres desnudas las que ocupaban los calendarios que vergonzosamente colgaban los mecánicos y tantos otros seres machistas, son ahora mujeres a las que falsamente se les vende un sentido de liberación las que se estremecen con una imagen que las introduce más si cabe en el discurso hegemónico al que se enfrentan. Por no hablar de la última (posiblemente ya no última) identidad sexual creada explícitamente desde la esfera del consumo: los metrosexuales. Parándose un poco a pensar, es fácil darse cuenta de que no responde realmente a una opción sexual, sino simple y llanamente a unas pautas de consumo. Se trata de conferir unos comportamientos a la hora de consumir que no se destinaban a los hombres, como comprarse cremas, utilizar más productos cosméticos de los habituales, con tal de crear un nuevo segmento de consumo en el que potenciar el gasto en productos destinados especialmente a ellos.
Esto es lo que también ha pasado con el sector homosexual. En vez de entenderse como una opción sexual tan normal y respetable como cualquier otra, se le ha intentado conferir unas pautas de consumo para segmentarlos e instituir un nuevo mercado. Se aprovecha (a la par que se persuade de ello) de que se trata de familias habitualmente sin hijos a los que se les suma por lo general, y de manera pretendidamente ideológica, su condición de profesión liberal, por lo que se dirige y se concreta en segmentos muy atractivos para el consumo. Los medios de comunicación señalan, sin ningún tipo de reflexión previa ni de pudor, que el sector homosexual gasta un 30% más que los heterosexuales. Es a partir de aquí, no nos engañemos, que los poderes públicos se han interesado realmente por la situación, trasladándolo al campo social y jurídico. No ha sido por un movimiento social que ha provocado con su fuerza un cambio dentro de los derechos y éste es, posiblemente, el problema. Como señala Naomi Klein en su genial No Logo, “las identidades sexuales y raciales extremas por las que luchábamos fueron reemplazadas por estrategias de contenido de marca y de marketing sectorial. Si lo que queríamos era diversidad, parecían decir las marcas, eso era exactamente lo que pretendían darnos”[2].
La fiesta Pride que se vivió el pasado 29 de junio en Barcelona estaba convocada tanto por los diferentes departamentos públicos de la Generalitat, la Diputació de Barcelona y el Ajuntament, como por la PIMEC, la patronal catalana de la mediana y pequeña empresa, así como por otros patrocinadores privados. Supieron ver que detrás de esta reivindicación o, más bien, del componente lúdico que ésta tenía, se podía organizar un interesante negocio, a la par que una buena imagen publicitaria de modernidad y tolerancia, tan ansiada por la política catalana. Entre las numerosas ofertas, se encuentra una que es, a mi consideración, de las más peligrosas: el llamado turismo gay. Si bien una cosa es ser una ciudad en la que los homosexuales puedan sentirse a gusto y ser completamente respetados, como Barcelona tiene a bien convertirse, otra muy diferente es crear una segmentación que oferte otro tipo de espacio, dividido y apartado del resto de la población, con la consiguiente formación de guetos.
Conviene, en todo caso, pensar de una manera dialéctica los avances y retrocesos que provoca esta mercantilización. Hay adelantos obvios que ya se han apuntado, como la presión que han conseguido en el mundo político y social a partir de la potencialidad de mercado que tenían. Así, se ha conseguido tanto la legalización de los matrimonios homosexuales en nuestro país, como una mayor normalización de estas relaciones en las calles. Por el otro lado, sin embargo, se debe pensar que la mercantilización a la que se ven abocadas estas identidades les confiere un estado de cosificación, a la vez que de inestabilidad, que las hace estar sujetas a los intereses del mercado. Dicha volatibilidad es también generadora de incertidumbre, de la misma manera y en un estado paralelo que su mercantilización las reduce a las condiciones inherentes del comercio: transformación de las relaciones a transacciones de cambio, erradicación del compromiso en pos de la instantaneidad y el cortoplacismo, supeditación a las modas, etc. Estas características son propias de cualquier identidad sexual que se ve sometida a un condicionamiento mercantil, en el que el acento en la conversión de esa identidad en objeto de consumo la hace estar sujeta a estos intereses y no a los propios de la reivindicación de los derechos de la persona. Es por esto, que la lucha hacia la normalización sexual debería retomarse hacia la vía de la movilización ciudadana y no en las manos del mercado, que, como hemos visto, crea guetos en tanto segmentos de consumo.
[1] ŽIŽEK, Slavoj. The plague of fantasies. Verso. Londres, 1997. Pág. 81.
[2] KLEIN, Naomi. No Logo. El poder de las marcas. Paidós. Barcelona, 2005. Pág. 145.
(Publicado en El Queixal nº49, en catalán)
Si observamos el anuncio de la última campaña de TMB, veremos un grupo de gente propulsada por globos, zancos saltadores, camas elásticas y otros artilugios. El espacio en que se mueven es construido a partir de fragmentos que van confeccionando un todo un tanto abstracto en forma de ciudad. Si bien se puede deducir por algún motivo que se trata de Barcelona, la imagen resalta los espacios menos genuinos y, sobre todo, los más característicos de lo que conoceríamos como ‘ciudad global’. Se recrea en imágenes de Diagonal Mar, la ciudad de
Este ejemplo concreto es sintomático y acarrea tras de él todo un proceso socioeconómico. El nuevo barrio de Diagonal Mar, construido donde se ubicaba el popular barrio de
El término “no lugar”, acuñado por el antropólogo francés Marc Augé, hace referencia a los espacios que no pueden ser definidos “ni como espacios de identidad ni como relacionales ni como históricos”[1]. Son aquellos lugares propios de esta época, en que se prima la velocidad, la superproducción y lo efímero. Entre ellos, Augé cita las vías de comunicación, los medios de transporte mismos, los supermercados o, incluso, también los campos de refugiados. Los nuevos barrios en constante transformación son también no lugares, pues no tienen una relación ni de identidad ni histórica con el terreno sobre el que se asientan. La ciudad global tiende a convertirse en un no lugar en sí misma, al tratar de desprenderse de su fricción con lo local con tal de poder llegar a formar parte de la sociedad-red propia del capitalismo tardío, en que las comunicaciones y la producción de información son el principal motor económico. Se trata, pues, de homogeneizar una nueva producción de espacios para minimizar el coste de desplazamiento, sin que lo local pueda estorbar en las vertiginosas transacciones internacionales.
Barcelona trata de erigirse como una ciudad global. La proliferación de estos nuevos barrios es el síntoma del cambio que se está dando. Sin embargo, este proceso debe calibrar esta desposesión de lo local con la promoción de los rasgos identitarios que aún se conservan, cosificados y vendidos ahora como postal, homogeneizando su consumo turístico. Los monumentos históricos acaban cayendo así en meras etapas de un tour prediseñado. El mayor problema es que, pese a que la elite global opere en este terreno ciberespacial, la vida se sigue viviendo en lo local. Como señala Zygmunt Bauman, “las ciudades se han convertido en el vertedero de problemas engendrados y gestados globalmente”[2]. Barcelona es un claro ejemplo de ello: mientras se convierte orgullosamente en una ciudad global internacionalmente reconocida, sus habitantes son ninguneados y habitan en un espacio reacio a sus intereses y bienestar, en donde es difícil el reencuentro identitario, pagando muy caro el precio por ser una ciudad de postal.
El entramado del 22@, en el cual se ha erigido el nuevo Campus de ación, del paso entre lo que era el modelo fordista a uno postfordista, en el que el desarrollo y la producción de conocimiento e información se presenta como motor de la economía. Y en el que el paso de lo que era, en la terminología de Zygmunt Bauman, el capitalismo pesado de la modernidad sólida a lo que es el capitalismo liviano de la modernidad líquida, permite la ansiada desregulación que el cuasi ciberespacio en que se encuentra ahora, tratando de alcanzar el ansiado sueño neoliberal del capitalismo total. Es, pues, el paradigma de la urbanización de las ciudades del capitalismo global, en su afán de ser nudos dentro de la red de flujos económicos en que se enmarca la actual Sociedad-red de la que habla Manuel Castells. Estos espacios se constituyen en no-lugares, aquéllos que, según Marc Augé, pierden su conexión radical con el espacio en que se asientan, pues pierden todo rastro de significación, bien de tradición o bien de identidad. En su empeño por habitar la red global, tienen que eliminar la fricción que se da con lo local, rompiendo con la cadena significante que otrora sirvió para dar una forma genuina a la zona.
Entre empresas multinacionales, solares y grúas, se encuentra el campus de Poblenou de
La farragosa fricción con lo local, con lo cotidiano, con la fealdad que rodea la parte entendida como un todo, es superada, entre otras cosas, con la celebración extraordinaria de fiestas. Estos actos permiten engalanar por un tiempo lo corriente, lo habitual, lo ordinario. En un estado orgiástico, en una borrachera de los sentidos, se da una ruptura simbólica con lo local. La fricción –en un verbo que tanto gusta a los neoliberales- se minimiza. Hoy en día, el glamour es el que debe coronar la celebración, es una conditio sine qua non de la fiesta, algo sin lo que no se podría entender. Como señala Harvie Fergunson en Glamour and the End of Irony, el glamour es entenderse a sí mismo sólo en la apariencia. Pero
Pero claro, siempre que hay una fiesta, cabe la posibilidad de que surjan unos aguafiestas. Resulta que no todo el mundo estaba feliz con la idea de que
Digresión a modo de crónica: pocos días antes del jueves 12 de febrero de 2009, Marc Sanjaume, ex representante de los estudiantes en el Consell Social de en vano. Se congregan en la cafetería provisional del campus alrededor de una centena de asamblearios, la gran mayoría de ellos de
La figura de los aguafiestas consiste en reparar la cadena significante que debiera unir lo real y lo simbólico. Lo local soportaría el peso del no-lugar, otorgándole por fin una identidad, mediante el pago, eso sí, de un alto precio: la desconexión como nudo modal de la red, con la vuelta otra vez al espacio local y a lo ordinario. La sublimación instantánea propia de la fiesta no es posible si estas figuras, con su peso, hacen aparición y no dejan elevarse a dicha categoría. Los aguafiestas, al contrario que los fiesteros, tienen un contenido, pero su apariencia es un tanto variable. La fachada con la que se presentaron los aguafiestas el día 12 de febrero, según se materializaba en una pancarta, rezaba: “No volem ser ni el titella d’en Moreso ni la joguina d’en Roures” (No queremos ser ni el títere de Moreso ni el juguete de Roures). El 13 de febrero, la fachada había cambiado y decía ahora: “Moreso dimissió”. El rector no pudo tener la fiesta en paz. Más acertadamente, no pudo tener la fiesta –SU fiesta. Las galas con las que había vestido el campus no lucieron. Recibió una terrible conmoción, que lo devolvió a la farragosa fricción con lo local, con lo cotidiano, con lo corriente. No hubo borrachera, no sintió la orgiástica sensación de la sublimidad del poder. Los estudiantes pidieron su dimisión, las botellas de cava no se abrieron y los canapés se quedaron fríos. El Campus de
Comunicado de AEP sobre los hechos ocurridos