jueves, noviembre 25, 2010

What’s Going On in the UK? Las universidades británicas en lucha por su futuro

Algo está pasando en el Reino Unido. Algo que tiene que ver directamente con el futuro de la Universidad. El pasado 10 de noviembre, unas 50.000 personas, entre estudiantes y profesorado, se manifestaron en Londres. El 24 de noviembre, las movilizaciones tuvieron lugar en diferentes puntos del país y desembocaron en las ocupaciones de algunos centros. Cabe decir que el movimiento universitario en el Reino Unido no es un movimiento muy experimentado. De hecho, aparte de las movilizaciones en contra de la guerra, no se recuerdan movilizaciones estudiantiles similares a las de los últimos días desde la era de Thatcher. Por tanto, estas jornadas de protesta que se están sucediendo en los últimos días por todo el país marcan una nueva y excepcional etapa en la vida universitaria británica, que teme realmente por su futuro. ¿Pero por qué protestan estudiantes y profesores universitarios? Las razones son más que contundentes.

El Reino Unido es un caso más, y no menor, de los cambios que se están produciendo en toda Europa en la Educación Superior. La incertidumbre y el malestar sobre lo que podía pasar con las universidades británicas era un sentimiento que se vivía ya el año pasado, cuando todavía estaba Gordon Brown en el poder. Los recortes en Educación eran ya algo anunciado. El cambio de gobierno no hizo sino acelerar (y agravar) la situación. Meses después de la llegada al poder de la coalición entre Conservadores y Liberal-Demócratas, los planes se hicieron públicos, pese a que Nick Clegg, líder de los Lib-Dem y actual Viceprimer Ministro prometió en la campaña electoral que no haría recortes en Educación. A partir de la publicación del informe “Independent Review of Higher Education Funding and Student Finance” el pasado 12 de octubre, más conocido como Browne Review (ya que está redactado por Lord John Browne, Baron of Madigley y antiguo presidente ejecutivo de BP, entre muchos otros cargos), se ha planteado que el presupuesto dedicado a las Universidades debe afrontar una bajada que puede llegar hasta el 80%. El presupuesto de las universidades puede bajar de los actuales 3.500 millones de libras hasta los 700 millones. El presupuesto para la investigación puede bajar también en un millón de libras. Pero estas medidas no vienen solas. A la vez se planea que las matrículas universitarias pasen de las 3.290£ por año que cuestan actualmente hasta una cifra que puede llegar según algunos cálculos a ser de entre 7.000 y 9.000£. La cifra actual es, en efecto, suficientemente elevada. ¿Cómo pueden permitírsela entonces los estudiantes británicos? Lo hacen principalmente a través de préstamos. Fue en el 1998, con el gobierno de Tony Blair, cuando los estudiantes no sólo tuvieron que empezar a pagar una matrícula de 1.000£ por año, sino que también se suprimió el sistema de becas y se potenció el sistema de préstamos, que ya existía, pero con una inversión inferior. En 2004, la matrícula subió hasta unas 3.000£. Los préstamos son, por tanto, una necesidad para completar los estudios para más de un millón de personas. Actualmente los préstamos los da el Gobierno a través de la Students Loan Company (SLC), que se trata por lo menos de un ente público. Los préstamos deben ser devueltos por el estudiante con un bajo interés en un plazo de sesenta mensualidades a partir de cuando empiezan a cobrar una cantidad de alrededor de 15.000£ por año. Lord Browne, en su enorme bondad y profundo conocimiento de las clases populares, ha matizado que ahora no tendrán que empezar a pagar hasta que no lleguen a un sueldo de 21.000£ al año. Claro está que la deuda será mucho mayor.

El mecanismo de cómo ven que debe funcionar la Universidad no nos es ajeno. La reducción de dinero público destinado al presupuesto universitario se ve compensado por la enorme subida de las matriculas. Éstas pasan a ser la fuente principal de financiación de la Universidad, lo que deja, por supuesto, en una situación muy precaria a la Universidad. Cuando se dice en el Browne Review que todos los programas universitarios menos Medicina, Ciencias, Ingeniería y Lenguas Modernas podrían dejar de recibir dinero público se está diciendo, obviamente, que las demás carreras deberán buscarse la vida para poder subsistir. Por un lado deberán hacer frente a los costes con el dinero de las matriculas de los estudiantes, lo que pese a su incremento deja un margen poco amplio para que los diferentes departamentos puedan conseguir un buen funcionamiento. ¿Por el otro? Algo que ya venimos anunciando desde hace años: la Educación Superior deberá supeditarse a la lógica del mercado, es decir, ‘si no hace dinero, no es importante.’ La plataforma University of Leeds Against Cuts pone un ejemplo que nos es conocido, si bien con otros nombres. Esta vez se trata de un ejemplo claro, conciso y real, que se va a llevar a cabo en breve. La Universidad de Bradford ha anunciado recientemente un programa de grado ‘Morrisons’ (importante cadena de supermercados en el norte de Inglaterra, con base en esta ciudad de Yorkshire), que promete que tendrás “una gran carrera en los supermercados, gracias a una carrera de supermercados.” Otra vez el sempiterno truco de hacer pensar que la responsabilidad que la Universidad tiene con la Sociedad es la de beneficiar directamente a las empresas y no la de generar conocimiento y un espíritu crítico e independiente. El espíritu que guía sin embargo al Browne Review y a todos los cambios que se están produciendo actualmente en la Educación Superior es el de alejar la Universidad del sistema público y acercarlo a los intereses privados. Algo que cuadra perfectamente con el informe “Estrategia Universidad 2015: La gobernanza de la universidad y sus entidades de investigación en innovación” en España, firmado por la Fundación Conocimiento y Desarrollo, presidida por la señora Ana Patricia Botín, que llega a afirmar que el rector no tiene por qué ser un académico, sino por ejemplo un hombre de negocios, lo que agilizaría el funcionamiento de la Universidad (aparte de privatizar todos los sistemas de gestión dentro de las universidades, claro).

Las reformas que se espera se lleven a cabo en Educación en el Reino Unido significan, entre otras cosas, la posible pérdida de hasta 200.000 puestos de trabajo, tal y como anuncia el sindicato universitario UCU. Por otra parte, un 40% de los estudiantes del equivalente a Bachillerato en el Reino Unido dicen que si salen adelante las medidas que propone el Browne Review reconsiderarán si ir a la Universidad, según publica The Guardian.

Estas medidas han sacado a la clase universitaria a la calle. El 10 de noviembre se produjo una de las manifestaciones más numerosas que se recuerdan en el país en los últimos años. Unas 50.000 personas acudieron a la convocatoria de la National Union of Students (NUS) y la University and College Union (UCU) a marchar por las calles de Londres. Estudiantes y profesores de todos los puntos del país llegaron a la capital para protestar contra las reformas que pretender minar el sistema público universitario británico, que podría llegar a convertirse en el más caro de todo el mundo si se hacen realidad las medidas anunciadas. La enorme afluencia desbordó las expectativas de la organización, lo que provocó que la manifestación se dividiera y se dirigiera a diferentes objetivos. Una de las facciones fue a parar a la Millbank Tower, donde el Partido Conservador tiene su sede central. Unas pocas personas provocaron actos de violencia, rompiendo los cristales, destrozando el mobiliario y “ocupando” el edificio. Mientras tanto, unas dos mil personas se concentraban pacíficamente fuera lanzando cánticos contra los tories. Por supuesto, esto fue aprovechado por la mayoría de medios para tildar esta protesta de violenta y para eclipsar el contenido real de la movilización.

El 24 de noviembre los estudiantes volvieron a salir a la calle. Esta vez en diferentes puntos del país. Se calcula que hasta unas 130.000 personas salieron a la calle para continuar con las movilizaciones que empezaron el día 10 de noviembre y que no dan viso de parar en los próximos meses. Esta movilización no fue convocada por la NUS, tildada generalmente de institucionalista, sino que fue promovida por las diferentes plataformas y asambleas que participan bajo la National Campaign Against Fees and Cuts. La jornada transcurrió bajo un intenso y saludable clima de protesta entre unos estudiantes que, se nota, son nuevos en esto de las movilizaciones estudiantiles. Lejos de ser negativo, viejas controversias se dejan de lado para unir a estudiantes de todo tipo. Además, este clima generó un profundo ingenio a la hora de inventar algunos de los lemas y carteles que los estudiantes confeccionaban a lo largo de las marchas, si bien hay una falta de cierta conciencia política. No obstante, sigue habiendo muchos estudiantes que parece que esto no les comprometa (de hecho, el incremento de la matrícula no afectaría a los estudiantes que ya han comenzado su grado, aunque los recortes los notarán directamente en la calidad de la educación que reciben). Los únicos incidentes ocurrieron en Londres, en donde unos 4.000 protestantes fueron acordonados por la policía en Whitehall, frente al Parlamento y Downing Street, donde estuvieron retenidos durante horas en contra de su voluntad. Sin embargo, la nota dominante en los diferentes puntos del país fue la de seguir con las movilizaciones a través de la ocupación de algunos centros en diferentes universidades. Así, se ocuparon algunos espacios en universidades tan importantes como la UCL, la London South Bank University, Oxford, Warwick, Manchester Metropolitan o la University of Leeds. En estas ocupaciones se intenta crear un espacio de debate, de participación estudiantil y sirve como medida de presión a las diferentes universidades para oponerse a los recortes que el Gobierno quiere llevar a cabo. En la Universidad de Leeds, estas jornadas de lucha se completan con el programa “Really Open University” y bajo el slogan de “Reimagina la Universidad”, en el que se están realizando varios talleres como alternativa a una Universidad cada vez más mercantilizada. La ocupación del Rupert Beckett Theatre, una de las salas más importantes de la universidad, sirve como centro neurálgico de la ocupación, en donde los estudiantes se reúnen para decidir cuáles van a ser los próximos pasos en la lucha. De momento, ya hay anunciada una nueva movilización en todo el país para el próximo martes día 30 de noviembre.

sábado, noviembre 28, 2009

Espacio global/ Identades inestables. Un estudio sobre el espacio en el cine contemporáneo

Ya está disponible en Recercat (Dipòsit de Recerca de Catalunya) mi Trabajo Final del Máster en Estudios de Cine y Audiovisual Contemporáneos en la Pompeu Fabra (2008/09): Espacio Global/ Identidades inestables. Un estudio sobre el espacio en el cine contemporáneo.

En el actual paradigma global en el que se han abolido las distancias, los espacios están cada vez más uniformados. Según el autor, esto responde a una racionalización ideológica que se transmite a través de la imagen, con la finalidad de imponer a nivel mundial una economía de mercado. El cine contemporáneo tiene que hacer frente a esta realidad, a la tensión que se genera entre el lugar y la totalidad: pérdida de la conexión con lo local, desmaterialización del tiempo y del espacio, disolución de las identidades, etc. A través de diez fragmentos procedentes de nueve obras diferentes se analizará cómo responde el espacio cinematográfico a las nuevas concepciones del espacio y cómo éste afecta a la construcción identitaria de sus personajes. En el presente trabajo se analizarán las siguientes películas a partir de la hipótesis que se ha apuntado arriba: The World y Still Life de Jia Zhang-ke, En construcción de José Luis Guerin, Three Times de Hou Hsiao-hsien, Fight Club de David Fincher, My Blueberry Nights de Wong Kar-wai, Inland Empire de David Lynch y Juventude em marcha de Pedro Costa; y la serie Lost de J. J. Abrams.

viernes, octubre 16, 2009

La mercantilización de la identidad sexual

(Publicado en El Queixal nº50, en catalán)


La división que se vivió en la última conmemoración del día del orgullo LGTB en Barcelona abre la puerta a una diferencia en los métodos de reivindicación que conviene analizar: la lucha por la normalización de las diferentes opciones sexuales vía movimientos sociales o vía mercantilización. En los últimos años, la normalización y expansión de las relaciones homosexuales ha sido una realidad, ha habido un avance más que notable que ha permitido una mejora sustancial de la vida de este colectivo históricamente tan marginado. Sin embargo, cabe apuntar que también ha sido víctima de otro proceso propio de la actual sociedad tardocapitalista, la fagotización de todo elemento alternativo para incorporarlo a su propio discurso, es decir, al consumo.


La mercantilización de la identidad sexual es un proceso que alcanza más allá de las opciones sexuales. Sentirse mujer es en el discurso hegemónico de hoy en día mitigar el desasosiego a base de objetos de consumo, salir de compras para reforzar una identidad que nunca se saciará, pues es imposible de fijar, ya que como señala Slavoj Žižek, “el objeto que funciona como causa del deseo debe ser por sí mismo una metonimia de la carencia”[1]. A la vez que amaga el malestar latente de una identidad nunca obtenida, demanda y potencia el perpetuum mobile del consumismo. De la misma manera, la normalización entre sexos se basa en la misma cosificación en que se fundamentó (y se fundamenta) la cultura falocrática. Los cuerpos masculinos son ahora convertidos en meros objetos, pasan a llenar los estantes del consumo, en donde el deseo sexual deviene acicate del anhelo que impulsa la publicidad. Son la pura reificación de la reducción de los cuerpos a objetos; si antes eran mujeres desnudas las que ocupaban los calendarios que vergonzosamente colgaban los mecánicos y tantos otros seres machistas, son ahora mujeres a las que falsamente se les vende un sentido de liberación las que se estremecen con una imagen que las introduce más si cabe en el discurso hegemónico al que se enfrentan. Por no hablar de la última (posiblemente ya no última) identidad sexual creada explícitamente desde la esfera del consumo: los metrosexuales. Parándose un poco a pensar, es fácil darse cuenta de que no responde realmente a una opción sexual, sino simple y llanamente a unas pautas de consumo. Se trata de conferir unos comportamientos a la hora de consumir que no se destinaban a los hombres, como comprarse cremas, utilizar más productos cosméticos de los habituales, con tal de crear un nuevo segmento de consumo en el que potenciar el gasto en productos destinados especialmente a ellos.


Esto es lo que también ha pasado con el sector homosexual. En vez de entenderse como una opción sexual tan normal y respetable como cualquier otra, se le ha intentado conferir unas pautas de consumo para segmentarlos e instituir un nuevo mercado. Se aprovecha (a la par que se persuade de ello) de que se trata de familias habitualmente sin hijos a los que se les suma por lo general, y de manera pretendidamente ideológica, su condición de profesión liberal, por lo que se dirige y se concreta en segmentos muy atractivos para el consumo. Los medios de comunicación señalan, sin ningún tipo de reflexión previa ni de pudor, que el sector homosexual gasta un 30% más que los heterosexuales. Es a partir de aquí, no nos engañemos, que los poderes públicos se han interesado realmente por la situación, trasladándolo al campo social y jurídico. No ha sido por un movimiento social que ha provocado con su fuerza un cambio dentro de los derechos y éste es, posiblemente, el problema. Como señala Naomi Klein en su genial No Logo, “las identidades sexuales y raciales extremas por las que luchábamos fueron reemplazadas por estrategias de contenido de marca y de marketing sectorial. Si lo que queríamos era diversidad, parecían decir las marcas, eso era exactamente lo que pretendían darnos”[2].


La fiesta Pride que se vivió el pasado 29 de junio en Barcelona estaba convocada tanto por los diferentes departamentos públicos de la Generalitat, la Diputació de Barcelona y el Ajuntament, como por la PIMEC, la patronal catalana de la mediana y pequeña empresa, así como por otros patrocinadores privados. Supieron ver que detrás de esta reivindicación o, más bien, del componente lúdico que ésta tenía, se podía organizar un interesante negocio, a la par que una buena imagen publicitaria de modernidad y tolerancia, tan ansiada por la política catalana. Entre las numerosas ofertas, se encuentra una que es, a mi consideración, de las más peligrosas: el llamado turismo gay. Si bien una cosa es ser una ciudad en la que los homosexuales puedan sentirse a gusto y ser completamente respetados, como Barcelona tiene a bien convertirse, otra muy diferente es crear una segmentación que oferte otro tipo de espacio, dividido y apartado del resto de la población, con la consiguiente formación de guetos.


Conviene, en todo caso, pensar de una manera dialéctica los avances y retrocesos que provoca esta mercantilización. Hay adelantos obvios que ya se han apuntado, como la presión que han conseguido en el mundo político y social a partir de la potencialidad de mercado que tenían. Así, se ha conseguido tanto la legalización de los matrimonios homosexuales en nuestro país, como una mayor normalización de estas relaciones en las calles. Por el otro lado, sin embargo, se debe pensar que la mercantilización a la que se ven abocadas estas identidades les confiere un estado de cosificación, a la vez que de inestabilidad, que las hace estar sujetas a los intereses del mercado. Dicha volatibilidad es también generadora de incertidumbre, de la misma manera y en un estado paralelo que su mercantilización las reduce a las condiciones inherentes del comercio: transformación de las relaciones a transacciones de cambio, erradicación del compromiso en pos de la instantaneidad y el cortoplacismo, supeditación a las modas, etc. Estas características son propias de cualquier identidad sexual que se ve sometida a un condicionamiento mercantil, en el que el acento en la conversión de esa identidad en objeto de consumo la hace estar sujeta a estos intereses y no a los propios de la reivindicación de los derechos de la persona. Es por esto, que la lucha hacia la normalización sexual debería retomarse hacia la vía de la movilización ciudadana y no en las manos del mercado, que, como hemos visto, crea guetos en tanto segmentos de consumo.





[1] ŽIŽEK, Slavoj. The plague of fantasies. Verso. Londres, 1997. Pág. 81.

[2] KLEIN, Naomi. No Logo. El poder de las marcas. Paidós. Barcelona, 2005. Pág. 145.

sábado, junio 27, 2009

Barcelona, no lugar

(Publicado en El Queixal nº49, en catalán)


Si observamos el anuncio de la última campaña de TMB, veremos un grupo de gente propulsada por globos, zancos saltadores, camas elásticas y otros artilugios. El espacio en que se mueven es construido a partir de fragmentos que van confeccionando un todo un tanto abstracto en forma de ciudad. Si bien se puede deducir por algún motivo que se trata de Barcelona, la imagen resalta los espacios menos genuinos y, sobre todo, los más característicos de lo que conoceríamos como ‘ciudad global’. Se recrea en imágenes de Diagonal Mar, la ciudad de la Justicia y la parte aún industrializada y desértica del 22@. Fijándonos en el primer plano, en que aparecen grandes edificios en los que es casi imposible destacar algo que nos pueda indicar de qué ciudad se trata, o los últimos segundos, en que un amplio grupo de gente bota en unos globos por unas calles que bien se podrían tratar de Detroit o San Francisco, comprobamos cómo la construcción identitaria no actúa apelando a lo local como significante, sino a una supuesta filiación global que opera dentro de una construcción de la imagen de poder abanderada por la publicidad. Ahora bien, cualquier espectador avezado podría hacer varias preguntas al respecto. Si se trata del anuncio de un servicio público municipal, ¿por qué apela a la diversión y al entretenimiento en su consumo cuando es algo que nos vemos obligados a utilizar?; ¿por qué tiene carácter publicitario si no tiene que competir con ninguna empresa, sino simplemente fomentar su uso?; ¿por qué intenta abstraerse de lo local cuando es un servicio puramente de Barcelona?


Este ejemplo concreto es sintomático y acarrea tras de él todo un proceso socioeconómico. El nuevo barrio de Diagonal Mar, construido donde se ubicaba el popular barrio de La Mina, ha sido edificado después de desarraigar la antigua área urbana e imponer sobre ella un espacio sin ninguna sujeción significante al terreno en donde se aposenta. Como barrio en su concepción tradicional ha sido un fracaso; sin embargo, se ha consolidado como espacio paradigmático para la publicidad. La elección no es azarosa, sino que responde a la necesidad de representar una ciudad global como espacio homogeneizado para la consolidación del consumismo como hábito dominante del capitalismo global. Si camináramos igualmente por el distrito de 22@, tendremos la misma sensación de estar paseando por un lugar que no corresponde a ningún espacio local concreto. Entre solares y grúas y fábricas en proceso de desaparición, encontraremos numerosos edificios de oficinas que alojan grandes multinacionales, un centro comercial, hoteles de lujo, así como una facultad de la Universitat Pompeu Fabra, construida sobre una antigua fábrica y literalmente pegada a la productora audiovisual Mediapro. Por supuesto, rodeada de las grandes vías de comunicación que transitan Barcelona. Y como imagen insignia, la torre Agbar, pretendiendo erigirse como el nuevo monumento de la ciudad, curiosamente muy parecido a la Suiss Re Tower de Londres. De la misma manera, el Hotel Vela que está construyendo Ricardo Bofill en el puerto de Barcelona es demasiado similar al Hotel Burj Al Arab de Dubai. ¿No es sintomático?


El término “no lugar”, acuñado por el antropólogo francés Marc Augé, hace referencia a los espacios que no pueden ser definidos “ni como espacios de identidad ni como relacionales ni como históricos”[1]. Son aquellos lugares propios de esta época, en que se prima la velocidad, la superproducción y lo efímero. Entre ellos, Augé cita las vías de comunicación, los medios de transporte mismos, los supermercados o, incluso, también los campos de refugiados. Los nuevos barrios en constante transformación son también no lugares, pues no tienen una relación ni de identidad ni histórica con el terreno sobre el que se asientan. La ciudad global tiende a convertirse en un no lugar en sí misma, al tratar de desprenderse de su fricción con lo local con tal de poder llegar a formar parte de la sociedad-red propia del capitalismo tardío, en que las comunicaciones y la producción de información son el principal motor económico. Se trata, pues, de homogeneizar una nueva producción de espacios para minimizar el coste de desplazamiento, sin que lo local pueda estorbar en las vertiginosas transacciones internacionales.


Barcelona trata de erigirse como una ciudad global. La proliferación de estos nuevos barrios es el síntoma del cambio que se está dando. Sin embargo, este proceso debe calibrar esta desposesión de lo local con la promoción de los rasgos identitarios que aún se conservan, cosificados y vendidos ahora como postal, homogeneizando su consumo turístico. Los monumentos históricos acaban cayendo así en meras etapas de un tour prediseñado. El mayor problema es que, pese a que la elite global opere en este terreno ciberespacial, la vida se sigue viviendo en lo local. Como señala Zygmunt Bauman, “las ciudades se han convertido en el vertedero de problemas engendrados y gestados globalmente”[2]. Barcelona es un claro ejemplo de ello: mientras se convierte orgullosamente en una ciudad global internacionalmente reconocida, sus habitantes son ninguneados y habitan en un espacio reacio a sus intereses y bienestar, en donde es difícil el reencuentro identitario, pagando muy caro el precio por ser una ciudad de postal.



[1] AUGÉ, Marc. Los no lugares. Espacios del anonimato. Gedisa. Barcelona, 2005.

[2] BAUMAN, Zygmunt. Tiempos líquidos: vivir en una época de incertidumbre. Tusquets. Barcelona, 2007.